Contemplaba un cuadro de kandinsky en el Reina Sofía y, él apareció.
Lo primero que escuché fue su voz profunda:
«creo que te he visto en los pasillos de la facultad», me dijo. Me giré y ví los ojos grises más bellos que había visto en mi vida. Rodrigo me contó que estaba estudiando el doctorado, y que iba a abrir una galería de arte con unos amigos. Decidí aceptar su invitación a un café y, ví el cielo abierto sobre mis pies.
No quise dejar volar demasiado mi imaginación, pero no pude evitar ver alguno de los cuadros, que yo estaba empezando a pintar, colgado en una exposición en esa galería que Rodrigo estaba proyectando.
Fue una conversación que se alargó hasta la hora de cierre del local que asistía a nuestro primer encuentro. Al día siguiente, Rodrigo vino a la habitación que disponía de mis horas de pintura; estaba muy contenta, pero me llevé una pequeña decepción. Fue sincero y, tras observar detenidamente mis cuadros, me dijo que no veía en mí a una pintora, sino a una mujer sensible que estaba buscando su lugar en el mundo.
Frente a un cuadro

