Las cuevas son un lugar privilegiado para el registro arqueológico por su morfología. Son receptáculos que protegen los restos materiales de las inclemencias del tiempo, especialmente de los efectos de las radiaciones ultravioletas, las oscilaciones térmicas y el viento. De esta forma, albergan los restos de animales que las usaron como refugios, así como la cultura material de los primeros homínidos que las ocuparon como habitaciones temporales.
Las cuevas son yacimientos con estratigrafías muy completas. Un lugar importante para la memoria de la vida, también la humana, a partir del momento en que los primeros homínidos fueron capaces de prender una chispa y mantener el fuego para ver en la oscuridad.
En el ámbito de lo simbólico, su forma física, su oscuridad y su humedad las relaciona con nuestro órgano gestante. Las cuevas son el lugar más parecido a nuestro útero, el órgano físico que solo habita en las mujeres custodia nuestra memoria emocional. Situado en el segundo chakra, el útero guarda un registro de la historia de nuestros vínculos, en especial los sexuales, y al ser tránsito de los óvulos, hogar de embriones y fetos, es nuestro origen y el comienzo de toda la vida.
Toda mujer fue un día un proyecto, un ovocito en el útero de su abuela materna.
El descubrimiento del ADN mitocondrial, transmitido por vía materna, tiene un valor determinante por demostrar que existe un rastro físico imposible de eliminar, ni siquiera con la desaparición de los padres. En la mitocondria de nuestras células se transmite una pequeña fracción de genes que permanece inalterada a lo largo del tiempo. Nuestras células proceden de la división del óvulo fecundado, sí, pero contienen una huella que va más allá de él.
El índice de abuelidad demuestra que es posible conocer a nuestra abuela sin haber conocido a nuestra madre biológica. El óvulo materno es el transmisor, pero la información que porta le precede. El lugar físico depositario de la gestación lo es también de la transmisión, porque es el continente que conecta a tres mujeres.
La parte estable de nuestros orígenes es invisible, periférica en nuestras células e inalterable, pues no puede ser violada por los agentes del olvido, las estructuras jerárquicas que luchan por destruir nuestro origen natural para construir uno artificial, más propenso a someterse a su poder. Los poderes políticos y religiosos no pueden borrar la memoria de nuestra matriz.
Nuestra intuición hace memoria porque el corazón es una senda hacia la verdad. Quizás no reconozcas tu voz en las voces de tus hermanos, o desde siempre te hayas preguntado por tus orígenes. No te has conformado con llamar a una mujer «madre». Quieres saber por qué ella es tu madre y por qué es hija de su madre.
Ese interés, que podemos definir como espiritual, pues no hay sentido sin conocer los orígenes, se traduce en el plano físico en el ADN, la huella genética invisible que nos aproxima a unas personas más que a otras. Nacidas o no nacidas. Sabemos por nuestra abuela quién fue nuestra madre ¿Y cómo se unen hija, madre y abuela con sus bisabuelas y tararabuelas? Por ese hilo invisible que nos lleva al punto de convergencia, la única mujer cuyo linaje llega hasta nosotros, la homo sapiens moderna, la Eva mitocondrial. Por ese mismo ADN. El mito de la primera mujer tiene una historia real, pero es diferente a la del mito bíblico. Ella no estaba sola, ni fue la primera. No es la primera en el tiempo. Convivía con otras mujeres. Simplemente es la única mujer cuyo linaje femenino tiene continuidad en nuestros días. No se conservan sus restos, pero su memoria no está solo en nuestras emociones. Sabemos con certeza que estamos unidas a una sola mujer que no estaba sola: la ancestra única que nos convoca a hombres y mujeres. Sin embargo, el hecho de saber que estamos unidos, que siempre estaremos unidos por un útero, no anula nuestro derecho a saber quién fue nuestra madre, pues ambas, madre biológica y mitocondrial, constituyen nuestro origen.
El índice de abuelidad permite que las víctimas de secuestro de las dictaduras conozcan a sus familias biológicas. La Eva mitocondrial las une a sus familias adoptivas, con el hilo de un posible perdón.
S.K




