Quizás yo no parecía una pintora, pero algo debí de parecerle cuando acabamos en su casa a las tantas de la madrugada…
Y así empezó lo nuestro.
A la mañana siguiente, acudimos juntos a la facultad y, poco a poco, nos dimos cuenta de que no podíamos despegarnos el uno del otro.
Los contactos de Rodrigo me permitieron exponer uno de mis cuadros por primera vez. Una mujer, de espaldas, giraba su cabeza para mirar al espectador en una playa luminosa con un horizonte diáfano. Gustó mucho a algunos críticos que lo calificaron como «original y con una gran perspectiva». Así que yo estaba muy contenta y, no paraba de soñar con el siguiente viaje, la siguiente visita, el siguiente vuelo a una ciudad de leyenda de Europa, o al MOMA de Nueva York. Me sentía enamorada y llena de ilusiones. No creía que aquello pudiera estar sucediéndome a mí. El éxito y el amor iniciaban mi andadura universitaria.
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Un horizonte diáfano
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Frente a un cuadro
Contemplaba un cuadro de kandinsky en el Reina Sofía y, él apareció.
Lo primero que escuché fue su voz profunda:
«creo que te he visto en los pasillos de la facultad», me dijo. Me giré y ví los ojos grises más bellos que había visto en mi vida. Rodrigo me contó que estaba estudiando el doctorado, y que iba a abrir una galería de arte con unos amigos. Decidí aceptar su invitación a un café y, ví el cielo abierto sobre mis pies.
No quise dejar volar demasiado mi imaginación, pero no pude evitar ver alguno de los cuadros, que yo estaba empezando a pintar, colgado en una exposición en esa galería que Rodrigo estaba proyectando.
Fue una conversación que se alargó hasta la hora de cierre del local que asistía a nuestro primer encuentro. Al día siguiente, Rodrigo vino a la habitación que disponía de mis horas de pintura; estaba muy contenta, pero me llevé una pequeña decepción. Fue sincero y, tras observar detenidamente mis cuadros, me dijo que no veía en mí a una pintora, sino a una mujer sensible que estaba buscando su lugar en el mundo. -

El dilema
Lo cierto es que yo quería lanzarme a experimentar con mis pinceles, pero no tenía dinero para hacerlo…
Andrea había tenido más suerte que yo…
Un día decidí visitar la facultad de Bellas Artes, y a pesar del agobio que supuso pensar en los rigores del academicismo, sentí que la Universidad era mi única coartada para elegir mi propio camino y cumplir mi sueño algún día.
Los deseos de mis padres se verían satisfechos de algún modo. Tenía que conseguir una licenciatura para que ellos aceptaran que yo no fuera a continuar con la tradición familiar.
Así que una tarde me armé de valor y, convoqué una reunión familiar. Ellos me escucharon atentamente mientras yo les contaba que quería dedicarme al mundo del arte. Decidí no darles demasiados detalles acerca de mis planes…sólamente les hablé de mi visita a la facultad y de mi deseo de estudiar Bellas Artes. Por supuesto, se sintieron muy contrariados, pero no se atrevieron a hablarme de la empresa…no mencionaron a mis primos, que ya estaban trabajando en ella, ni tampoco hablaron de la carrera de Económicas, con más salidas y utilidad.
Simplemente me dijeron que el arte era una afición, y no una profesión. Una labor para el tiempo libre, que nada tenía que ofrecer a la mayor parte de las personas.
Lo cierto es que su discurso me dolió bastante. Yo, su hija, ¿no tenía nada que ofrecer?
Mi decisión estaba tomada y, me dolía no disponer de mi propio dinero para emprender mi camino lo antes posible. -

Selene
Buenas tardes, querido público. Me gustaría contarte la historia de mi vida.
Mi nombre es Selene, pero ese no es el nombre que me pusieron mis padres. La de mi nombre es una larga historia que ahora no viene a cuento relatar.
¿Quién soy yo?, ¿cómo me defino? Soy una mujer que pinta, pintora de cuadros. Me gusta pintar paisajes y retratos difuminados en sus colores. De estilo impresionista.
Mis padres eran ingenieros de industria, y querían que yo siguiera la tradición familiar, ¿te suena esta historia? Creo que es frecuente, y más cuando tus padres son los propietarios de una gran empresa con varias sucursales a escala nacional, y saben que puedes elegir entre muchos puestos de trabajo diferentes.
Un buen día, de visita en la sección de Vigo de la empresa familiar, conocí a una pintora que estaba exponiendo sus cuadros en la galería de la planta baja. Se llamaba Andrea y, tenía veinticinco años. Por aquel entonces, yo tenía dieciocho años, y estaba a punto de presentarme al examen de selectividad. Me gustaron tanto sus cuadros, que decidí invitarla a tomar un café juntas, y aprovechar la tarde para contarnos nuestra historia con la pintura, hablar de nuestras academias, las técnicas favoritas, la belleza del proceso creativo…
Esa tarde fue muy importante en mi vida, pues de ahí surgió un proyecto. Tomé la decisión de ser pintora profesional, a pesar de que sabía que el proceso sería arduo y laborioso. Frente a la seguridad de un trabajo para siempre, me decanté por el deseo profundo de poner mi granito de arena en la historia del arte del mundo. Si Andrea lo había logrado con tan sólo veinticinco años, yo podría hacerlo algún día.
Así que organicé una reunión familiar, para contarle a mis padres cuál era mi difícil decisión de hija única. No iba a estar en la empresa. Tenía que diseñar un proyecto muy importante para mi vida.
@teatrodelosciclos. S.K.
