Blanca de Castilla 

La flor se contempla y el fruto se come.

Juana es el capullo, Leonor es la flor, y Blanca es el fruto.

Las flores, además de surgir naturalmente, expresan belleza en un acontecimiento significativo, o simbolizan emociones y eternidad: hay flores en un altar, un entierro o una boda. Los frutos nos nutren.

Blanca de Castilla es la Reina madre del siglo XIII. A los tres años de su coronación junto a su esposo, éste fallece, y Blanca tiene que posponer su probable promesa de hacerse monja al quedarse viuda, para gobernar junto a su hijo, que es tan sólo un niño. Sabemos por un documento conservado que Blanca solicitó al Papa la ruptura de un voto, justo al quedarse viuda a los 38 años, y muy probablemente quería retirarse a un convento. Sin embargo, Blanca se convertirá en monja ya en la ancianidad, y mientras vivirá el esplendor de su madurez dando frutos, y gobernando siempre, también cuando su hijo parta a las Cruzadas. 

Blanca es pura generosidad: con el Císter, con los siervos, con su hijo, San Luis; con su familia lejana en Castilla e incluso con sus rivales, sellando alianzas con pactos de matrimonio para conjurar rebeldías y afrentas.

Ella es la expresión equilibrada del poder temporal y del arquetipo de la madre en todas sus facetas.

Si Juana lucha para revertir una situación y Leonor utiliza sus armas para rebelarse y transformar; Blanca tuvo 35 años para aprender cómo funciona el mundo, y perpetuar.

En la tríada divina: creador, sostenedor, y destructor, ella es la energía que sostiene.

Juana es el capullo, el primer brote. Su energía está tan concentrada que puede estallar, trasladándose del yang al yin, por ser liminar.

Leonor es expansión en proceso de maduración y Blanca es el fruto, ya dorado. Todas necesarias, como arquetipos.

La energía de Blanca de Castilla nos recuerda al verano, en un proceso de nueva interiorización tras el esplendor. Ella observa y aprende sabiendo que todo está bien, hasta que por voluntad Divina, le llega su turno.

Iniciamos esta aventura con el viaje de Blanca, acompañando a su abuela Leonor a Francia. La infanta se casará con el heredero de la Corona de Francia por un acuerdo entre los reinos, aquellos territorios que nunca llegaron a unirse. Es el número 2. La joven se separa de su reino para unirse a su propio destino.

Su talante conservador convierte el nacimiento de su primer hijo varón en un acontecimiento muy significado de su vida. Un heredero es continuidad y renovación. Este ciclo infinito expresa el número 8.

Su coronación a los 35 años, al inicio de un nuevo ciclo de conciencia y en plena madurez, en su treintena, le abre las puertas del poder. El 3.

Blanca construye la Catedral de París, monasterios de piedra y lugares de poder. Ella genera una identidad. Su hijo será el primer Rey de Francia como tal. Ella, delante de todo, es el 10.

Finalmente, ingresa en el monasterio, y en el último momento importante de su vida, sintetizamos su legado como Reina, el corazón de su existencia. El número 4. 

Lo cierto es que no podemos separar a la mujer de sus ancestros, ni de su tiempo y su lugar. Blanca por temperamento era bastante impulsiva, pero su ímpetu aparece moldeado por el legado que recibe y que se esforzó en continuar. Mujer, herencia, tiempo y lugar nos dan el modelo.

@teatrodelosciclos S.K

#reinamadre #legado #nutrición #paz #sostenedora

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