El jardín de Inanna

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El zigurat de la ciudad de Nippur es una escalera que te lleva al centro de tu corazón.
En el núcleo del mundo, el lugar entre ríos, se elevan carruajes por sus rampas, caminan míseros y opulentos, atletas y lisiados, fervores y tristezas; se elevan poco a poco hasta el cielo, encontrando descanso en los rellanos, un aliento reconfortante al detener sus pasos y contemplar la ciudad a la que pronto regresarán.
Yo, Inanna, diosa de todas las cosas, reina del cielo, quise reinar en mi templo para igualar a los humanos con los dioses, y en la cúspide de esta pirámide plana establecí mi jardín.
Entre fuentes de manantiales, lluvias rosadas y árboles virtuosos, el descanso y la paz reinaron para ellas y ellos, en este templo de mi recreo que derramó todo mi amor a la ciudad de Nippur.
Borbotones de aguas calientes me recordaron que pronto se dispondría mi descenso, pero antes sellé mi pacto con la humanidad. En mi templo sois todos iguales y no hay que despertar del sueño sagrado de la vida. No hagáis la reverencia, si lo más sagrado es vivir. ¡Vivid aquí, en mi jardín!, ¡no os vayáis! Que mi asiento de madera os recuerde a los árboles de mi trono. Sabed estar, aun llorando afligidos, en este santo lugar. No hay postura que sostener. Sólo descanso que abrazar. ¡Recordad a Inanna!

@teatrodelosciclos S.K.

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