Surgida de la espuma, siendo la última hija de Urano, la diosa del amor arribó a la costa de la isla de Chipre para nacer.
En esta gran isla, puente entre Oriente y Occidente, encontramos un legado arqueológico vacío de estereotipos y lleno de sugerencias acerca de la verdadera naturaleza de la diosa.
El ancestro de Afrodita lo encarna una figura llamada «la dama de Lemba» que, lejos de representar a una bella mujer en la plenitud de la vida, muestra un cuerpo sin rostro que solo tiene sexo. Incluye los atributos sexuales femeninos y masculinos. Es decir, es una diosa completa, pues en ella conviven los dos sexos, los dos pares de opuestos que, al unirse, originan la vida.
Las polaridades nacen de la mano, están unidas en el origen, aunque nuestra mente racional necesite separarlas para comprender la realidad. En el mismo instante en que una nueva vida comienza, rompe la unidad que conformaba con el vientre de su madre, para iniciar un camino de separación en búsqueda de una identidad y un destino. En este sentido, volver al origen implica afrontar la muerte de ese ser independiente y la forma corpórea de realizar este camino es el acto sexual, la cópula. En la antigüedad, hacer el amor era algo más que un acto placentero de la unión de dos cuerpos; con frecuencia era la antesala de una posible muerte de la mujer en el parto, pero también la promesa de una nueva vida. En estas claves comprendemos que, en Mesopotamia, la diosa del amor, Inanna, iniciara un viaje de transformación para convertirse en la reina del inframundo y al mismo tiempo en la líder de la lucha de los pueblos por hacerse con los recursos más preciados, a través de la guerra. La comida y los bienes materiales tienen el valor de la vida, y entonces no se daban por supuestos. Había que luchar por conseguirlos y confrontarse por la pulsión de la vida.
Regresando a Chipre, encontramos un valor sin igual que convertía a la isla en un objetivo valioso que llamaba a la conquista, un objeto de deseo que movía instintos tan básicos como el sexo: el cobre, que da nombre a la primera edad de la Historia; una especie de oro rojizo que da nombre, también, a la isla en la que abunda; un metal preciado que tiñó el color de los cabellos de Afrodita.
Algo más tarde, durante el primer milenio antes de Cristo, la diosa chipriota adquiere características femeninas y zoomorfas y es posible asociarla con los preciados perfumes que surgen al mismo tiempo de los recursos naturales y los productos obtenidos del comercio de la isla con otras regiones. En ocasiones, la diosa chipriota tomará la forma de la egipcia Hathor, otra evocación de la diosa del amor.