El lenguaje humano nace del pensamiento, y este solo puede volverse consciente en nuestra especie: la humana, única entre las especies animales por su capacidad de consciencia. El lenguaje es siempre un acto de comunicación, y en la lectura, quien recibe el mensaje se sitúa frente a palabras escritas por una consciencia distinta a la suya.
Aunque el lenguaje escrito es más difícil de interpretar que el oral, abre un espacio para la pausa, para la reflexión. El lector representa el mensaje en su pensamiento, y la imagen que pinta en su lienzo interior no se limita al estímulo sensorial provocado por la secuencia de palabras. Esa imagen se amplifica, se transforma, y poco a poco se convierte en parte de él, por los recuerdos que ha despertado y por la novedad que ha revelado.
El mensaje, como una botella que llega a una orilla, se completa de forma única: solo el lector, por su experiencia y sus características irrepetibles, puede construir esa imagen concreta de la vida que está leyendo. Su orilla lo acogerá como ninguna otra, y en ella se producirá una nueva experiencia.
Lo que vincula su lectura con la de otros lectores es el marco espacio-temporal, que en la literatura se evoca a través de otras artes: la pintura y la música. El color representa el espacio como lugar de manifestación de la luz; el ritmo, el verbo o las repeticiones evocan la música, que sugiere el tiempo. Así, el lector se representa una escena como si fuera un cuadro sinfónico.
En esa escena, el espacio intuitivo permite superar los límites del tiempo y del espacio. El símbolo, entonces, juega un papel relevante como transmisor universal del mensaje que llega a la vida particular y única del lector, y se bombea con pasión como sangre que recorre las venas del único cuerpo de todos los lectores que han sido, son y serán.
Los símbolos subyacen en todas las escenas que se escriben, aunque no se elijan conscientemente.
Pero, ¿es esto suficiente? ¿Cómo se facilita la comunicación entre autor y lector? ¿Cómo ayudar a que la botella llegue a la orilla y no se pierda en el océano infinito de la consciencia?
Entre todas las técnicas posibles, el relato de la propia vida y el uso de la primera persona favorecen la identificación del lector con el espacio de conciencia. Una emoción, en su momento presente y real, cautivó al autor y se convirtió en sentimiento. Esa impronta se conserva en diarios y memorias.
Sin embargo, existe el riesgo de transmitir de forma unívoca el pensamiento del autor, y entonces solo sería un discurso. Para evitarlo, el escritor puede pintar un cuadro impresionista, con el fin de que la escena representada se amolde al lector. La escena se sugiere desde lo más significativo, desde su relieve. Así, se representa lo más próximo a la consciencia humana cuando esta trasciende la realidad física.
Entonces, quien lee sabe que contempla un lago cuyas aguas se mueven, aunque quizás no identifique qué lago es en concreto. Hay un espacio y un tiempo, porque la referencia es la vida, pero no es necesario saber de qué espacio y tiempo se trata. Estamos hablando de literatura, no de historia ni de periodismo. No se trata de saber qué pasó y dónde, sino de que algo nos sucede.
Esto ayuda al lector a contemplar su propio lago en su mente y a olvidarse del autor, del lugar y del cuándo. El lector contempla su propia imagen, aunque no haya visto el mismo lago ni vivido la misma experiencia. Llega un recuerdo, aunque no recuerde el tiempo ni el espacio. El acto de comunicación se produce. El mensaje va más allá de cualquier intención del autor o autora. El relato autobiográfico se pone al servicio de las conciencias de los lectores y lectoras, y se abre al imprevisto, a la intuición y a la neutralidad. Las creatividades se despiertan y dialogan. La contemplación es mutua.
En una frase que podríamos definir como estática y eterna —“el alma es bella”— los lectores imaginan a la Venus de Botticelli, un monje persiguiendo una sombra nocturna, una esfinge en una moneda dorada o un caballo galopando en una verde pradera. Sean conscientes o no, su cerebro produce imágenes únicas para cada uno de ellos. Y, sin embargo, cualquier lector, sea religioso o ateo, reconoce esa frase como una verdad universal, que no necesita ninguna palabra adicional para ser comprendida por personas de diferentes culturas y credos.
Esa es la magia del lenguaje. Y alguien tiene que descubrirla.
La literatura nacida de la consciencia que trasciende, se convierte en un acto de contemplación recíproca entre escritor y lector. El mensaje se desprende de su origen y se abre al lector como una posibilidad viva. No importa el lugar ni el tiempo; importa que algo nos sucede.
Nota: En este texto he optado en varias ocasiones por no emplear el género por fluidez y para evocar el sentido arquetípico del lector que tiene una experiencia similar en lo que se detalla en el texto, independientemente de su género.
S.K
Bibliografía
Gordillo, F. (2022). Ensayo sobre las palabras. Barcelona: Ediciones Obelisco.
Pueyo, C. M. (2024). La creación y la recepción literaria como experiencia cerebral multisensorial. Tropelías: Revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, (Número Extraordinario 10), pp. 97–112.

