​Quinto monólogo de Blanca de Castilla. Cuando la Reina, reina (número 4)

Recibimos un reino en paz, tuve que despedir a mi amado esposo, y coronarme con mi hijo.

La paz tambaleante mantuve con enlaces de mis hijas, letanías contra el hereje, limosnas bien encontradas, y el amor, como fuego rebosante, cálido y dulce, que llegó hasta el mismo sitio del Rey.

Ese amor, me dio la paz, la que florece porque otros han luchado antes que nosotros, la que vive cuando otros sobrevivieron.

Es la paz que busco en los muros del monasterio. Nueva soledad, nueva compañía. Esta es mi semblanza.

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Cuarto monólogo de Blanca de Castilla. Universidad (número 10)

Yo, Blanca, sola, con mi hijo, contemplo la Catedral de Nuestra Señora, la sede divina de la Reina del Cielo.

La sede de la Iglesia, el lugar de los doctos, el pilar del monasterio que hice fundar.

La mano que firmó el edicto, los ojos que te vieron partir a luchar, sabiendo que jamás te seguirían al campo de batalla, fuera camposanto, o gloria terrenal.

Victoria, frente al hereje, frente al obispo abusador o el noble desquiciado.

No pude hacerte Rey de la isla. Yo, sola, frente a todo, sí te dí un verdadero reino, el que construyo contigo a diario, el que perpetúa la gloria de mi abuela.

Una mujer, sola ante todo, con un niño. Eras sólo un niño, como el de la Virgen que contemplo, la que nos vigila y preside mi salterio. Si Ella todo lo pudo, yo por ella cuanto puedo, reflejo.

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​Tercer monólogo de Blanca de Castilla. Coronación (número 3)

Flor de Lis, llegate a la Corona de la hija de Francia e Inglaterra.

Reina de Francia, vine a gobernar, a mi amante esposo he de secundar.

Si es sabio mi consejo, el acecho de los nobles he de amedrentar.

Mi batalla en mi lecho, la suya en el campo bélico.

De ambos el gobierno, la cruz bendita, y el poder, al fin, de regir los destinos de la tierra concedida, y de lo que el Cielo quiera prestar.

Flor de Lis, pósate en la obra de éste, nuestro reino, herencia sagrada, que recibe homenaje de los que prestaron ya.

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​Segundo monólogo de Blanca de Castilla. Nace un heredero (número 8)

¡Albricias, albricias!

Augusto como tu abuelo, al fin, te he podido parir.

De mis entrañas, tu llanto, acaba con mi agonía,

y otro pecho, bien hallado, alimentará tus días.

Tan pequeño, quiero soñarte grande, pero antes vivo, y antes sano.

¡Larga vida al que será Rey! Largo peregrinar por este valle, que te lleve a la montaña, donde el Sol sale, y se pone en reflejo carmesí sobre la tierra.

El nueve de septiembre, no se olvide ¡Llamen al cronista de la corte, envíen las nuevas a mi amada Castilla! Serás rey de un solo reino, o de dos, y ya eres Rey en mi corazón.

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​Primer monólogo de Blanca de Castilla. He venido a traer la paz (número 2)

Seré la Reina de Francia, si Dios quiere, y así lo ha dispuesto esta gran mujer.

Si hubiera nacido sierva, alfombrara sus pasos al   bajar del carro.

Escucho los relatos de mi abuela Leonor, y los escribo, como me enseñaron.

Llevo el nombre de mi otra abuela, la madre de mi padre.

Ella trajo la paz de Castilla y Navarra.
Lleve yo la paz a Inglaterra y Francia.

Y tenga más hijos que ella, y el primero sea también varón.
Allá, en Castilla, queda mi amada madre, que tanto esperó un varón…

Cada legua de camino, me separa de Palencia y me acerca a París. Un viaje que mi madre recorrió.

Yo, velada, llego a la corte francesa, a desposar a Luis, el hijo del Rey Felipe, a ofrecer mi consejo y apoyo, y obedecer a Dios, y al Rey.

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Blanca de Castilla 

La flor se contempla y el fruto se come.

Juana es el capullo, Leonor es la flor, y Blanca es el fruto.

Las flores, además de surgir naturalmente, expresan belleza en un acontecimiento significativo, o simbolizan emociones y eternidad: hay flores en un altar, un entierro o una boda. Los frutos nos nutren.

Blanca de Castilla es la Reina madre del siglo XIII. A los tres años de su coronación junto a su esposo, éste fallece, y Blanca tiene que posponer su probable promesa de hacerse monja al quedarse viuda, para gobernar junto a su hijo, que es tan sólo un niño. Sabemos por un documento conservado que Blanca solicitó al Papa la ruptura de un voto, justo al quedarse viuda a los 38 años, y muy probablemente quería retirarse a un convento. Sin embargo, Blanca se convertirá en monja ya en la ancianidad, y mientras vivirá el esplendor de su madurez dando frutos, y gobernando siempre, también cuando su hijo parta a las Cruzadas. 

Blanca es pura generosidad: con el Císter, con los siervos, con su hijo, San Luis; con su familia lejana en Castilla e incluso con sus rivales, sellando alianzas con pactos de matrimonio para conjurar rebeldías y afrentas.

Ella es la expresión equilibrada del poder temporal y del arquetipo de la madre en todas sus facetas.

Si Juana lucha para revertir una situación y Leonor utiliza sus armas para rebelarse y transformar; Blanca tuvo 35 años para aprender cómo funciona el mundo, y perpetuar.

En la tríada divina: creador, sostenedor, y destructor, ella es la energía que sostiene.

Juana es el capullo, el primer brote. Su energía está tan concentrada que puede estallar, trasladándose del yang al yin, por ser liminar.

Leonor es expansión en proceso de maduración y Blanca es el fruto, ya dorado. Todas necesarias, como arquetipos.

La energía de Blanca de Castilla nos recuerda al verano, en un proceso de nueva interiorización tras el esplendor. Ella observa y aprende sabiendo que todo está bien, hasta que por voluntad Divina, le llega su turno.

Iniciamos esta aventura con el viaje de Blanca, acompañando a su abuela Leonor a Francia. La infanta se casará con el heredero de la Corona de Francia por un acuerdo entre los reinos, aquellos territorios que nunca llegaron a unirse. Es el número 2. La joven se separa de su reino para unirse a su propio destino.

Su talante conservador convierte el nacimiento de su primer hijo varón en un acontecimiento muy significado de su vida. Un heredero es continuidad y renovación. Este ciclo infinito expresa el número 8.

Su coronación a los 35 años, al inicio de un nuevo ciclo de conciencia y en plena madurez, en su treintena, le abre las puertas del poder. El 3.

Blanca construye la Catedral de París, monasterios de piedra y lugares de poder. Ella genera una identidad. Su hijo será el primer Rey de Francia como tal. Ella, delante de todo, es el 10.

Finalmente, ingresa en el monasterio, y en el último momento importante de su vida, sintetizamos su legado como Reina, el corazón de su existencia. El número 4. 

Lo cierto es que no podemos separar a la mujer de sus ancestros, ni de su tiempo y su lugar. Blanca por temperamento era bastante impulsiva, pero su ímpetu aparece moldeado por el legado que recibe y que se esforzó en continuar. Mujer, herencia, tiempo y lugar nos dan el modelo.

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